martes, 20 de abril de 2010
COMICIOS DEL PUEBLO.
A pesar de encontrarse en el invierno de la vida, Arenis de Faz integra una de las comisiones electorales del municipio Plaza de la Revolución y expresa que siempre ha apoyado los comicios.
La entrevistada afirma que las elecciones de los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular son muy importantes, pues en ellas se elige a quiénes trasladan las preocupaciones de los vecinos.
Explica Arenis que se siente más entusiasmada porque es una oportunidad para darle al mundo un ejemplo de verdadera democracia y demostrarle a los Estados Unidos que el pueblo de Cuba NO cree en tejemanejes mediáticos.
miércoles, 10 de marzo de 2010
UNA MISIÓN INOLVIDABLE
Yo era el último hombre de la retaguardia, tenía que avisar si el enemigo aparecía y enmascarar las huellas de la tropa, declaró Eloy.La marcha hacia Holguín requirió de sacrificio y disciplina, pues el cansancio NO podía doblegarnos.
Paneque explicó que durante los primeros SEIS día caminaron junto a la columna TRES. Luego, la tropa comandada por Raúl continuó hacia San Lorenzo y cruzó la carretera central. Eloy manifestó que en ese momento lo embargó la emoción, pues nunca imaginó que los barbudos pudieran transitar por las vías utilizadas por la tiranía batistiana.
A PESAR DE LAS CIRCUNSTANCIAS ADVERSAS
La columna SEIS arribó a un lugar conocido como JIMBAMBAY el día DIEZ de marzo. Recuerda Eloy Paneque que después de dejar los vehículos, emprendieron la marcha a las CINCO de la mañana.
La aviación enemiga comenzó a hostigar a los rebeldes con el bombardeo, pero eso NO impidió que llegaran a su objetivo. Finalmente, el ONCE de marzo de MIL NOVECIENTOS CINCUENTA Y OCHO, la tropa arribó a Piloto del Medio, en las serranías de Holguín y quedó oficialmente constituido el Segundo Frente Oriental FRANK PAÍS GARCÍA.
Eloy Paneque, al rememorar la ocasión expresa que sintió la alegría del deber cumplido, pues aún cuando tuvieron que caminar más de CIENTO VEINTE kilómetros a pie, tenían que hacer lo que decía Raúl : fundar el frente aunque llegara uno sólo, había que llevar adelante la lucha por la independencia y soberanía definitiva de Cuba
martes, 2 de febrero de 2010
ELOGIO A UN SENTIMIENTO UNIVERSAL

El amor juega un papel fundamental en la vida de todas las personas. En la literatura universal se aprecia lo que el hombre es capaz de hacer llevado por la pasión amorosa: PARIS provocó una guerra épica al raptar a HELENA y huir hacia TROYA, DON QUIJOTE se enfrentó a molinos de viento en nombre del amor que sentía por DULCINEA DEL TOBOSO.
SI de finales trágicos se trata, NO se puede dejar de mencionar a OTELO, que movido por un rapto de celos asesinó a la fiel DESDÉMONA.
En el amor todo tiene solución, e incluso entre el Averno, la Tierra y el Cielo hay sitio para el romance. Si lo duda, recuerde a HADES y PERSÉFONE, matrimonio de deidades que sólo compartían el lecho durante SEIS meses al año o levante la vista hacia las estrellas, desde donde PSIQUE hace nuevos votos de amor a EROS.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Mi revólver.
Por :Nelson Alonso Ameijeiras.
La madre de Folgado lo recibió, y le informó que si la necesitaba estaría en el último cuarto. Era el primero en llegar, en los siguientes minutos llegaron los demás, portaban cuchillos comandos, y dos con revólver. Al menos contaban con tres armas de fuego. Hablaban en voz baja, se repartieron unos lejos de otros. De madrugada todos se sabían despiertos. Eloy descubrió una rendija en una de las ventanas que daba a la calle. Oyó un ruido, se trataba de un motor de combustión que podía ser el jeep de la patrulla. Echó hacia atrás y montó la diestra en su arma. Acompasó la mirada y la escucha: descubrió un grillo. Ni en la finca
Volvieron a sonar los campanazos, inclinó las persianas y vio un relámpago. El Loriló se sostenía en el aire igual a un colibrí, su voz era estridente. Le oyó, debes irte de ahí antes de las ocho de la noche.
Mientras sonaban las cinco campanadas, no miró el reloj, se quedó quieto igual a cuando lo encerraron en la cárcel de Boniatos. En esos días conoció a muchos revolucionarios, a uno de
La claridad del día empezó más tarde, cerca de la media mañana la dueña de la casa regresó. Le escucharon, que las calles estaban llenas de soldados, y toda la gente comentaba que en Santiago de Cuba había un alzamiento. Eloy Paneque se molestó, acaso se habían olvidado de ellos, pero como jefe del grupo tenía bien claro que debía esperar la contraseña. Los compañeros le oyeron, voy a buscar a Folgado.
La orden que trajo era desmovilizarlos a todos. Algunos no estaban de acuerdo, les molestaba que mientras otros peleaban, ellos seguían de moscones. Acaso alguno de los jefes del movimiento retardaba la orden. Oyeron a Eloy, que lo mejor sería irse, para el monte. Después de un silencio Papito Jiménez lo apoyó, y también a Juan Cruz. Los tres salieron camino a
Eloy movió su grupo hacia la finca de uno de sus hermanos, al llegar se enteró que un muchacho lo andaba buscando, y más adelante los guardias lo toparon. Al tratar de subir a una mata de coco, a mitad de fuste lo tumbaron. El grupo continuó la marcha, algunos campesinos le informaron de un desembarcaron en las Coloradas, que casi todos los expedicionarios fueron aniquilados, que Fidel estaba muerto, y hasta lo habían visto ahorcado en un árbol. Volvieron a moverse, ahora en busca de los sobrevivientes. En el trayecto Eloy recordaba las historias que había oído en su familia de cuando el tirano Gerardo Machado perseguía a Antonio Guiteras, que junto a decenas de seguidores acampó en la manigua de Bayamo, y en la finca
Les llegó la noticia de dos expedicionarios que estaban como a dos leguas de allí. El jefe de la escuadra dio la orden de ponerse en marcha, y se llevó al campesino de guía. Horas más tardes encontraron a Rolando Moya y el italiano Gino Doné, estaban vestidos de campesinos y hambrientos. Les escucharon, que habían caído en una emboscada. De Fidel no sabían, pedían ropa y dinero para llegar a
Unos días después los dos expedicionarios ya iban rumbo a la capital. La familia de Eloy le insistía, que saliera del monte. Debía tomar su decisión, estaba recostado a un árbol y se le apareció una iguana que se le insinuaba para que la siguiera. Caminó unos pasos detrás de ella, y enseguida vio al Loriló batiendo sus alas. Le escuchó, te vas a la capital, aquí la muerte te persigue y vamos a despistarla; si demoras en regresar salgo a buscarte. Eloy pensaba, quién pudiera ser adivino. ¿Y lo que escuchó del Loriló?
La escuadra se desintegraba, Orlando Lara quiso averiguar que había pasado con los expedicionarios; y Julio Zenón era un justiciero a quien los soldados no deseaban topar, y menos los bandoleros. La partida de Eloy estaba arreglada, el maquinista disminuiría la velocidad del tren para que pudiera subirse.
El camino a la capital fue largo, llegar a Manzanillo y buscar otros transportes de pueblo en pueblo. Allí el hermano de Eloy tenía un amigo del partido ortodoxo, ya sabían que Fidel había recibido el refuerzo de combatientes que le mandó
Habían pasado nueve días de su llegada a
El tren está detenido, y los pasajeros se amontonan al bajar; el soldado se ha atravesado en el medio del andén. Al pasar Eloy le escucha, ¡eh!, zapatico. Contrariado sigue caminando, dos cuadras después pasa frente a la tienda de ropa donde una compañera le dará la contraseña. Ha notado que el billetero lo sigue, está molesto, debió haberse ido directo a
El movimiento 26-7 en Manzanillo le facilitaría su traslado hacia
Estando en casa de Correa llegó un muchacho de Yara, y al rato otro de tipo estrafalario hablando una jerga de guapetón que respondía por el sobrenombre de Caló. Le oyeron, que se encontró ese caballo ensillado y aprovechó para llegar rápido. Al muchacho de Yara le molestó, eso era robo. Al atardecer le escucharon a Correa, que necesitaban buscar comida. Oyeron al Caló, que cerca de allí había dos machos gorditos, y los dueños los dejaron botados cuando le salieron huyendo a los bombardeos de la aviación.
Después de andar por los montes casi perdidos, encontraron el corral. El Caló le agarró una de las patas delanteras al cerdo, lo volcó sobre la tierra, y desde la primera cuchillada no lo dejó ni suspirar. Al momento de repartir la carne, el Yara ya estaba violento, y empezó la discusión. Los dos se pusieron en guardia con sus cuchillos, Eloy tuvo que mediar. A casa de Correa llegaron de madrugada, y todavía seguía la discusión. Le oyeron al Yara, que no andaría con bandoleros, los hombres de la guerrilla debían ser honrados. Eloy trató de convencerlo, que se comprometía a pagarle a los dueños cuando regresaran, con otro puerco o con dinero. De todas formas el Yara se fue, y con los primero claros también lo hizo el Caló.
Al paso de unos días se les incorporó Lázaro Satur, y empezaron a llamarlo Habana, a Eloy lo apodaron Bayamo. Después llegó Lalo Sardiña acompañado de cuatro guerrilleros. Esa tarde recibieron una arria de mulos con una carga de uniformes, botas, azúcar y otras mercancías. Bayamo se vistió de verde olivo, se calzó las botas, y echó los zapatos en su mochila para cuando terminara la campaña. Lalo dio la orden de salir, y ahí empezaron la caminata por las lomas en busca de Fidel.
Bayamo se esforzaba para mantener el equilibrio en los farallones. Cuando llegaban al Hombrito, a unos ciento cincuenta metros divisaron a dos hombres armados. Lalo da la orden de atraparlos. Uno de ellos se lanza por el barranco, y el otro trata de escapar por el lado opuesto. El revólver de Bayamo ya le apuntaba, y con la otra mano le arrebataba el fusil. Para hacerlos confesar se hicieron pasar por guardias, fue ahí cuando el prisionero se puso roñoso, bajó la cabeza y se mantuvo en esa actitud. Eloy estaba contento con el springfield y Correa aprovechó para pedirle revólver. Habían pasado meses inseparables, y de pronto observa como lo descoyuntan y muestra todas sus balas. Correa se apresura a probarlo, el disparo no sale y sigue apretando el disparador. Uno tras otro vuelve a perforar todos los proyectiles, y nada. Bayamo casi ni podía creerlo.
Lalo ordena detener la marcha. Al rato se les apareció la vanguardia de la columna, con ellos venía el que se les escapó en el farallón. Fidel mandó a buscar a Lalo y a Mendoza, el detenido, que pertenecía al pelotón del Che. Bayamo se preguntaba por qué no les aclaró su condición de combatiente. A Eloy también lo mandan a buscar, y es la primera vez que ve al Comandante de cerca. Recuerda otra vez cuando lo vio de lejos, en un acto de la ortodoxia en Bayamo, cuando todavía Eduardo Chivas estaba vivo. Ahí le escuchó, que de momento tenían las escobas, pero podían cambiarlas por las armas. El jefe lo observa, le oye, a qué pelotón te quieres incorporar. Había conocido a Gustavo Ameijeiras en la cárcel de Boniatos, después de los sucesos del Moncada, y a su hermano Machaco cuando fue a Bayamo a llevar
Bayamo recorría el sendero cuando entre los matojos le salió el jefe de la retaguardia, Efigenio, uno de los expedicionarios del Granma. Después que lo atiende, le oye, bienvenido al pelotón. Allí abraza a Barrera, su amigo de Santiago de Cuba, uno de los cincuenta del refuerzo que mandó
La columna empezó a moverse, así pasaban los días y las noches de un lugar a otro. Bayamo supo que pasaría un curso de guerrillero, con tiros calibre 22; antes había hecho algunas prácticas en
Fulgencio Batista, el del golpe de estado, quería demostrarle al mundo que los muerde y huye estaban desmoralizados y tratando de salir de la zona. Pero días antes le habían infringido una derrota en el cuartel del Uvero, y ahora movilizaba los batallones de soldados.
Los guerrilleros avanzaban haciendo círculos con el propósito de acercarse a San Lorenzo; les habían ordenado silencio absoluto porque los perseguía un batallón con artillerías de montañas. Fidel reforzó el pelotón de la retaguardia: le agregó tres compañeros, y dispuso que se emboscaran en la cima de la loma. Hasta los guerrilleros llegaba el alboroto del batallón. Delante venía un chivato, que se enfurecía cuando la tropa no avanzaba. Las informaciones aseguraban que ese sicario rastreó a muchos de los expedicionarios que fueron asesinados. El soplón percibió un silbido y giró con intención de avanzar, pero un fusil le apuntaba y el jefe del pelotón de la retaguardia le hacía señas, que se adelantara. En eso otro rebelde lo abraca por las piernas y lo derrumba. Bayamo quiere ir al seguro, tiene la orden de tumbar al primer soldado. Le da en el casco, al unísono los fusiles guerrilleros empiezan a disparar y la confusión de los soldados los hacer atropellarse entre ellos. Eloy monta otro cargador, ya el batallón ha emplazado su artillería. Los morterazos empiezan a caer, el chivato se está rodando, casi correr a gatas. Un rebelde da la alarma y dos fusiles lo cazan. Llevaban 15 minutos de combate, Efigenio ordena retirada.
Fidel ha movido a algunos guerrilleros para capturar a malhechores que cometen fechorías a nombre del 26-7 en el territorio de
La tarde estaba en su final. Bayamo llevaba días sin fumar y a esa hora saboreaba un tabaco, el humo le contentaba las ideas. Empezó a pensar en Bertumeo, en su Ceiba de ocho metros de ancho y cuarenta de alto, con barbacoa intermedia y ventanas; en la planta baja su mesa con cinco taburetes ocupados por las gallinas y los cerdos; en la parte de afuera siempre los cocodrilos hacían de porteros. Fue allí donde por primera vez supo de la existencia del Loriló, Bertumeo afirmaba que lo enseñaría a escribir, solo necesita prepararle algunos aditamentos. Volvió a darle una larga chupada a su breva, así alejaba a los mosquitos.
La noche parecía descender en paracaídas. Bayamo reconoció la voz de Lázaro, que venía insultando al que caminaba delante con dos mochilas repletas. Le oye, éste es un chivato, nos seguía el rastro, desde hace días quería cazarlo. Lo interrumpe, yo lo conozco, es el Yara. El carcelero lo libera de la carga y Bayamo le estrecha la mano. Le oye, necesito ir al matojo, he caminado más de media legua sin parar y me duele la barriga. Mientras el fumador se sigue entreteniendo con sus bocanadas, los segundos están pasando. Vuelve a mirar hacia el trillo, y enseguida sale a buscarlo. Dando tumbos registra el contorno, se convence de su simpleza, En eso recuerda que debe relevar al compañero de guardia, y su mano aprieta más el fusil.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Martí no debería de morir
En el planeta Tierra se dice que los siglos deben empezar cuando nace un hombre grande, -un campesino y comisario en el Escambray repite, que a veces ellos llegan jimaguas y hasta trillizos. Así que nuestro siglo XIX empezó el 28 de enero de l853, ese día nació José Julián Martí Pérez. Quizá por eso se apuró el tiempo.
Han pasado 42 años, los temporales de mayo se precipitan. Cerca de las once de la mañana del día diecinueve, la lluvia disminuía y el sol encandilaba. Las agitaciones empiezan a correr por el campamento de Dos Ríos. Un batallón enemigo los ha descubierto. Las cornetas cubanas repiten las órdenes, los mambises serpentean el combate. Martí, revólver en mano, monta en su caballo. El corcel se impacienta, espera que el jinete afloje la rienda. Relincha, hace cabriolas, su galope empieza a serruchar el viento. Los frenos lo detienen, el general Máximo Gómez ha llegado. Martí le oye, que no intervenga en el combate. La Revolución ha despertado, necesita de sus mejores guías. En ese momento, su deber es en la retaguardia. Silencio entre los dos hombres. Los jefes mambises se miran, sus oídos se atienden. En derredor los proyectiles causan dolor. El estratega repite la petición.
Martí ve partir al General Gómez, tanta impotencia sólo le sirve para sujetar las bridas. El caballo a ratos vira el pescuezo para mirarlo, relincha, las patas delanteras suben de picas, los belfos refunfuñan. Martí lo detiene, pero en una de las sacudidas se le incrusta el anillo en la articulación del anular. Está hecho del mismo hierro que una vez lo encadenó. Ante sus ojos aparece el primer combate, pero le niegan su participación, a él que ha preparado la guerra necesaria. ¡No puede creerlo! El ruego viene de Gómez, ellos dos firmaron el Manifiesto de Montecristi. El fragor del combate lo despierta, y ve los ojos del caballo. Recuerda el día que el General José Maceo le hizo el obsequio, y que le dio dos palmadas para presentarse. Los dos están amarrados a órdenes. Martí mira hacia el frente, le llegan las voces guerreras, el viento le acerca el olor a pólvora, el combate viene a buscarlo. En la tregua fecunda, organizó a Los Pinos Nuevos. A pocos días del desembarco, de un plumazo, fue nombrado general del Ejército Mambí. ¿Por qué ahora le niegan participar? Unos meses atrás, a causa de unos traidores perdieron parte de las armas, pero las que salvaron sirvieron para que Antonio Maceo desembarcara por Duaba. Dos Ríos debe ser su primer desafío. Afloja la rienda y el corcel se apura.
Las palmas reales baten sus penachos. ¿Qué hace Martí? ¡Dispara, dispara!, sus ayudantes intentan alcanzarlo. Los fusiles imperiales, rodilla en tierra corrigen la puntería, con una y otra andanada quieren detenerlo. Las palmas abanican más aprisa. Martí lo sabe, si es general debe entrar en combate, sus espuelas agitan al cuadrúpedo. ¡Va a traspasar el parapeto!
Las palmas ven todo, la sangre salpica la velocidad, sus penachos de tanto batir se deshojan. El caballo no siente el peso del jinete; se detiene y espera que el mambí se levante.
Semanas más tarde, el General Gómez, vuelve a Dos Ríos. La tropa lo escucha, “Aquí cayó en combate el general José Martí. Cada uno de nosotros recogerá una piedra, y para recordarlo formaremos una cruz sobre la tierra”. Los pensamientos se le arremolinaban. En tantos combates aprendió que hay hombres a los que no se les puede mandar, sino dejarlos hacer. Recibió su primera misiva sin haberlo conocido, le pedía que le hablara de los libertos de Yara, de Carlos Manuel de Céspedes. La recibió en República Dominicana, cuando su machete adornaba un rincón del cuarto. Ahora estaba convencido de que los sabios se precipitan para nacer. Mientras las piedras formaban la gigantesca cruz, los que estaban cerca le oían, “Martí no debería de morir”.
Llegar a Mompié.
Me alejaba de la valla por el trillo que bordeaba el marabú. La calle estaba a unos noventa pasos de mi albergue, un techo de diez metros por tres de ancho con un pedazo de pared al fondo que apenas detenía el aire de la madrugada. Oí el cornetín del bayo, tenía la maña de provocar a los otros gallos cuando se callaban en sus jaulas. Intenté ver entre las miles de rendijas que dejaban las hojas y las espinas. Acaso el cornetín del animal me alertaba. Acababa de ganarle un litigio a mi cerebro, y debía encontrar a Gustavo, pero no sabía dónde. Habían pasado tres o cuatro días desde la Huelga de Abril, quizás eran siete. Volvía a caminar, ese día lo encontraría. La madrugada que nos separamos en los límites del Diezmero le oí, que contactaríamos en la calle Pamplona en Luyano.
Seguro que no sumaban diez los días que habían pasado. La memoria me funcionaba a pedazos, me detuve al ver el avance lento de un automóvil. Desde su interior los ojos de cuatro individuos me acorralaban. Aparenté andar sin preocupaciones y apuré el paso, por instinto levanté el gancho de una reja y entré al portal. Antes de tocar la puerta se corrió, mi salvadora me llevó de la mano. Le escuché, asesinan a los jóvenes. Ensartó la escoba, fue hasta la acera y transcurrió un tiempo dudoso. Antes de marcharme le oí, cuídate hijo. Me impulse, tenía un día más para vivir.
Viajé al pasado de mis recuerdos. Meses antes de terminar el año 1957 Gustavo había llegado al reparto, y cojeaba a consecuencia del tiro que le dieron en los interrogatorios, pero su predica recorrió todo el Diezmero. Le oí a Gustavo, deja la pistola. Había estado en mi cintura desde la madrugada del nueve de abril. A las diez de la mañana el comercio del reparto estaba cerrado, sólo desobedeció una quincalla en la calle principal. Julio Cesar embalaba la moto. Entre la ventolera le oí, vamos a tener un chance de probar las cuarenta y cinco. El Bizco era un hombre experimentado, con la leyenda de haber escapado a tiros de los esbirros. Cuando la moto subió a la acera, salté. Gustavo y Angelito Plá ya salían, los seguía el propietario que se pasaba en excusas y cerraba las puertas. Julio Cesar sacó un creyón rojo, escribió varias veces, “Huelga General, M-26-7. Gustavo sabía quien era el policía que obligó a abrir la quincalla, uno bajito y regordete. A ese guarda jurado lo había neutralizado en otras ocasiones con unas pesetas. Le oímos a Julio Cesar, que iría a pedirle cuentas, sabía donde encontrarlo.
La Calzada de Diez de Octubre me pareció corta, ya estaba en Luyano. Desde la otra acera, una mirada triangular tropezaba con la mía. La figura se perdió detrás de una camioneta, y apareció retozona. Le oí, soy la hija donde entraste esta mañana. Quise ir a su encuentro. Cerca del contén pasó un perseguidor con su perturbadora sirena. Recordé a Julio Cesar, ante el peligro quieres huir, pero si lo enfrentas puedes vencer. La joven halaba mi deseo, pero mis pasos llevaban prisa.
En una de las entre calle de Pamplona vi doblar un automóvil. Los neumáticos se arrimaron al contén de la casa de mi abuela. Pero el carro volvía a deslizándose, y no debía gritar su nombre. Acaso la policía había fichado esa dirección. Corrí, y antes de llegar a la esquina golpee la parte trasera. Gustavo volteó el rostro.
Lo había encontrado por instinto. Le oí, qué han hecho, dónde están los demás de la familia. Quiso ir a Arroyo Apolo a ver a su hermana Mara. Le escuche, que no tenía contacto con Machaco, que andaba por Habana campo, y no podía esperarlo. Lo habían mandado a buscar para la reunión convocada por Fidel en Mompié. No me oía, yo también quería ir con él a La Sierra. Lo miré, vestía un traje azul acabado de sacar de la vidriera, a su lado un maletín de empresario. Al bajarnos en Arroyo Apolo le oí, que buscara a Machaco.
Dónde hallarlo, llevaba días en la búsqueda, la disciplina me obligaba. Cuando doblé en una esquina de la calle Pinar del río lo divisé a unos treinta metros. No lo había vuelto a ver desde que ajustició al policía rompe Huelga en el Diezmero. Machaco era espontáneo, colgó su mano de mi hombro y quise informarle. Pero le oí, que Gustavo cayó preso en Santiago de Cuba, lo torturaron hasta dejarlo ciego y loco.
En medio del tormento recordé su determinación de clandestino. Por sus venas fluían los hechos históricos. Todos atendíamos sus ideas, “la honradez no puede morir, la misión es desafiar a quienes han golpeado la constitución en confabulación con los yanqui, que todavía pretenden apoderarse de nuestra tierra. La libertad nos enrolaba, y va a morir mucha gente, pero aquí no se quedaran.
sábado, 18 de abril de 2009
La explosión de La Coubre: Un acto de terrorismo
Por: Haydeé Hernández Carrillo
Patria o Muerte" es la consigna asumida por los revolucionarios cubanos desde hace 42 años. Al pronunciarla, el pueblo expresa su convicción, su total disposición para defender sus conquistas. No por casualidad, esta frase fue expresada el 5 de marzo de 1960 al despedir el sepelio de las víctimas caídas como resultado de la explosión del barco francés La Coubre, en el puerto de La Habana. Este hecho terrorista, entre otros, formó parte de una campaña para desestabilizar a la naciente Revolución cubana, que aunque no había declarado su carácter socialista, ya de hecho lo tenía, porque así lo indicaban el contenido de las primeras medidas tomadas por nuestro gobierno.
El barco La Coubre lo capitaneaba George Dalmas y lo tripulaban 35 hombres; en él viajaban 2 pasajeros y había arribado procedente de Hamburgo, Bremen y Amberes. En la Ciudad de La Habana debía dejar 525 cajas de granadas y 938 de municiones, compradas con el aporte voluntario del pueblo, para ser utilizadas en su propia defensa. En la descarga, fueron tomadas todas las medidas de seguridad necesarias. En total, 57 estibadores, y varios oficiales y soldados del Ejército Rebelde serían los encargados de esta empresa. Muy poco duró el entusiasmo con que se estaba llevando a cabo esta labor, porque a las 3:15 de la tarde se produjo una explosión. Sin dudas, manos preparadas para el crimen habían colocado el dispositivo de la muerte.
Un testigo de aquel acontecimiento fue el capitán del Ejército Rebelde Juan Luis Rodríguez Infante (El Bayamés). ¿Dónde se encontraba usted cuando se produce la explosión? "En aquel momento yo me ocupaba de la jefatura de la 14 estación de policía ubicada en Arroyo Naranjo, e iba ese día para La Habana en un carro de la patrulla. Me acompañaba mi sobrino Heriberto Tamayo. Estábamos en Infanta y Carlos III cuando se produjo la primera explosión. Fue tan grande que hizo temblar el tendido eléctrico. Pensé que era un sabotaje en la compañía eléctrica de Tallapiedra y hacia allí me dirigí. Al llegar me di cuenta de que un barco estaba incendiado. Sólo se veía una llamarada. Dejé el carro y me dirigí al lugar de los hechos. "Ayudé a los bomberos, trataba de dar ánimo. Recuerdo que recogí una pierna y muy cerca estaba ya sin vida el cuerpo al que pertenecía. Hubo un instante en que miré y vi un camión cargado de armas más o menos a cinco metros, que estaba cogiendo candela. Logré agrupar a 7 u 8 compañeros y tratamos de tirarlo para el mar.
"Cuando tuvo lugar la segunda explosión yo y otros de los compañeros que me acompañaban resultamos heridos, aquello fue tremendo, hubo muchas víctimas en ese atentado terrorista orquestado por el gobierno norteamericano, en mi caso particular perdí una pierna y aunque este dolor me ha acompañado durante toda la vida , me queda la satisfacción de que haya sido en cumplimiento del deber moral que tenía con mis conciudadanos, también miembros del pueblo cubano"
Afirma Rodriguez Infante que "la solidaridad es uno de los sentimientos más dignos de la especie humana, nosostros los cubanos la hemos practicado siempre y espero que mi caso particular sirva de ejemplo para las nuevas generaciones, y ten por seguro que de tener lugar otro siniestro , yo acudiré a defender la Revolución".
